martes, 3 de noviembre de 2026


27-1 

Septiembre 23, 1929

 Quien vive en la Divina Voluntad, en su pequeñez encierra el Todo, y da Dios a Dios. 

Los prodigios divinos.


 (1) La Divina Voluntad me absorbe en todo, y por cuanto siento repugnancia en escribir, el Fiat Omnipotente, con su imperio se impone sobre mí, pequeña criatura, y con su autoridad divina me vence, derriba mi voluntad y poniéndosela como escabel a sus pies divinos, con su imperio dulce y fuerte me induce a escribir un nuevo volumen, mientras que yo creía que debía hacer una pausa. ¡Oh! Voluntad adorable, imperante y santa, quieres el sacrificio, y yo no me siento con fuerzas de resistir y luchar contra Ti, más bien adoro tus disposiciones, y perdiéndome en tu Santo Querer te pido que me ayudes, fortifiques mi debilidad y no permitas que yo escriba sino lo que quieres, y como quieres Tú; ¡ah, que yo sea tu repetidora y no ponga nada mío! Y Tú, Amor mío Sacramentado, desde esa custodia santa desde la cual me ves, y en la cual yo te veo a Ti, mientras escribo no me niegues tu ayuda, más bien, ven junto conmigo a escribir, sólo así sentiré la fuerza para comenzar. (2) Estaba haciendo mi acostumbrado giro en la Creación para seguir todos los actos que el Supremo Querer había hecho en todas las cosas creadas, y mi dulce Jesús saliendo de mi interior me ha dicho: (3) 

 “Hija mía, cuando la criatura recorre las obras de su Creador, significa que quiere reconocer, apreciar, amar, lo que Dios ha hecho por amor suyo, y no teniendo qué dar como correspondencia, mientras recorre sus obras toma toda la Creación como en su propio puño, y la da nuevamente a Dios, íntegra y bella para su gloria y honor diciéndole: ‘Te reconozco, te glorifico por medio de tus mismas obras, pues sólo ellas son dignas de Ti’. Ahora, es tal y tanta nuestra complacencia al vernos reconocidos por la criatura en nuestras obras, que nos sentimos como si la Creación se repitiese de nuevo para darnos doble gloria, y esta doble gloria nos viene dada porque la criatura reconoce nuestras obras hechas por amor de ella, y dadas a ella como don nuestro para que nos ame. La criatura con reconocer nuestro don encierra en el cielo de su alma el Todo, y Nosotros vemos en la pequeñez de ella a nuestro Ser Divino con todas nuestras obras; mucho más, porque estando nuestro Fiat Divino en la pequeñez de esta criatura, tiene capacidad y espacio de encerrar el Todo, y ¡oh! prodigio, ver encerrado en la pequeñez humana el Todo, y que osadamente da el Todo al Todo sólo para amarlo y glorificarlo. Que el Todo de nuestro Ser Supremo sea el Todo, no es para maravillarse, porque tal es nuestra naturaleza divina: ‘Ser Todo’. Pero el Todo en la pequeñez humana es la maravilla de las maravillas, son prodigios de nuestro Querer Divino, que donde reina no sabe hacer de nuestro Ser Divino un ser a mitad, sino todo entero. Y como la Creación no es otra cosa que un desahogo de amor de nuestro Fiat Creante, donde Él reina encierra todas sus obras, y por eso la pequeñez humana puede decir: ‘Doy Dios a Dios’. He aquí el por qué cuando nos damos a la criatura queremos todo, también su nada, a fin de que sobre su nada sea repetida nuestra palabra creadora, y formemos nuestro Todo sobre la nada de la criatura; si no nos da todo, su pequeñez, su nada, nuestra palabra creadora no viene repetida, ni es decoro y honor para Nosotros repetirla, porque cuando Nosotros hablamos queremos deshacernos de todo lo que no nos pertenece, y cuando vemos que no se da toda, no la hacemos cosa nuestra, y ella queda la pequeñez y la nada que es, y Nosotros quedamos con nuestro Todo que somos”. 

(4) Después de esto continuaba mi abandono en el Supremo Fiat, pero me sentía triste por ciertas cosas que no es necesario escribirlas, y mi siempre amable Jesús, moviéndose a compasión me ha estrechado entre sus brazos, y todo amor me ha dicho: (5) “¡Oh! cómo me es querida la hija de mi Querer. Tú debes saber que la tristeza no entra en mi Divina Voluntad. Ella es alegría perenne que vuelve pacífica y feliz su morada donde reina, por eso esta tristeza, si bien sé que es por causa mía, es cosa vieja de tu voluntad humana, y las cosas viejas no las recibe en tu alma mi Voluntad Divina, porque tiene tantas de las nuevas, que no alcanza el espacio de tu alma para ponerlas todas, por eso fuera tu tristeza, fuera. ¡Oh! si supieras cuántas singulares bellezas forma en el alma mi Divina Voluntad; donde Ella reina forma su cielo, su sol, su mar y el vientecillo de sus refrigerios y frescuras divinas; Ella, siendo artífice insuperable, tiene en Sí misma la habilidad del arte de la Creación, y cuando entra en la criatura para formar su reino, tiene un deseo excesivo de repetir su arte, y por eso ahí extiende su cielo, forma el sol y todas las bellezas de la Creación, porque donde Ella reina quiere sus cosas, y con su arte las forma y se hace circundar de las obras dignas de mi Fiat, por eso la belleza del alma donde Ella reina es indescriptible. ¿No sucede esto también en el orden humano? Cuando se hace un trabajo, con hacerlo no pierde su arte, el arte permanece dentro de la criatura como propiedad suya, y cuantas veces quiere repetir su trabajo, tiene virtud de repetirlo, y si el trabajo es bello, ansía tener ocasión de repetirlo. Tal es mi Voluntad Divina, el trabajo de la Creación es bello, majestuoso, suntuoso, pleno de orden y armonía indecible, así que va buscando ocasión para repetirlo, y esta ocasión se la dan las almas que le dan la libertad de hacerla dominar y extender su reino en ellas. Por eso, ánimo, aleja de ti lo que no pertenece a mi Fiat Divino, a fin de que quede libre en su trabajo divino, de otra manera formarías las nubes en torno a ti, las cuales impedirían que mi Luz se engrandeciera y resplandeciera con sus refulgentes rayos en tu alma”.

27-1  Septiembre 23, 1929   Quien vive en la Divina Voluntad, en su pequeñez encierra el Todo, y da Dios a Dios.  Los prodigios divinos .  (...